Existe un discurso tácito en la
industria que gira en torno a lo que uno, supuestamente, debe exigir cuando
empieza un videojuego, ciertos listones que de no alcanzarse desacreditan la
validez del producto y que no dejan de ser vicios que forman parte indivisible
de la corta vida del medio, pero también (y sobre todo) de la inmadurez de gran
parte de su público, porque lo contrario sería ver la paja en el ojo ajeno pero
no la viga en el propio: un videojuego tiene que ser divertido, tiene que verse
bonito, tiene que durar una cantidad determinada de horas (preferiblemente
muchas) y encima contar algo interesante. Da igual que su mensaje quiera ser
otro, que despierte otras inquietudes o que intente transmitir algo diferente:
se juzga al videojuego por cómo aspira a cumplir primero todos esos requisitos,
y después, si eso, ya habrá lugar para otros rollos, como la experimentación o
las pretensiones personales del autor. Por supuesto, y si estáis leyendo esto
estaréis de acuerdo conmigo, en absoluto tiene que ser así, y está en el
interés de todos los que amamos este bendito medio que no lo sea.
Bulletstorm, el juego con el que People
Can Fly dio un golpe en la mesa en 2011 para reivindicar el shooter en primera
persona directo, con carácter y consciente de sus propios tópicos, hizo
precisamente eso: una picadita con las convenciones que en teoría se le deben
exigir a un triple A para parodiar el género con un gran sentido del humor -
chabacano y vulgar, sí, pero grande al fin y al cabo. Bulletstorm no destacaba
tan solo por centrar su historia en la misión de rescate y venganza de
GraysonHunt, un protagonista de pasado grandioso con evidentes problemas con la
bebida, ni por los chistes eróticos ni los insultos metidos con calzador;
destacaba principalmente por premiar las partidas creativas, por permitir que
lo que se supone debe centrar los elogios en un videojuego actual permaneciera
en segundo plano, y por centrar su foco en la diversión pura y dura.
Bulletstorm, siguiendo a su propia manera los pasos de Painkiller, desenterró
la raíz que cimienta el género para que el jugador no tuviera que preocuparse
de nada más que de disparar, eliminar enemigos en cadena de formas alocadas y
sonreír ante el siguiente chiste mediocre. Era un juego que sabía reírse de sí
mismo y de las manías de una industria (de un género, quizá sería más justo
decir) demasiado centrada en los artificios. En ese sentido, lo que más
representa el carácter de Bulletstorm es precisamente su arma principal, el
látigo, un objeto con el que la distancia con los enemigos se difumina un poco
más, y cuyo uso resulta inmediatamente satisfactorio: para qué voy a liarme a
apuntar con precisión a la cabeza a ese caníbal agachado tras una caja cuando
puedo atraerlo, propinarle una patada y reventarle los sesos mientras permanece
volando por los aires a cámara lenta y a dos metros de mí. O estamparlo contra
un poste eléctrico para obtener una radiografía instantánea. O contra un cactus
después de mandar sus testículos a mejor vida. En efecto, Bulletstorm podría
servir para llenar varias temporadas de 1000 maneras de morir.
Esta remasterización que nos llega ahora
se encarga de mantener todas esas bondades y darle un lavado de cara con
gráficos actualizados y poco más; no es el trabajo más profundo del mundo y
enlaza un poco con lo que os contaba al principio de este análisis, pero
demuestra que la jugabilidad de Bulletstorm se mantiene intacta a día de hoy, y
mayor piropo todavía, que es igual de entretenida. En esencia, el juego de
People Can Fly depende totalmente de un combate frenético que premia nuestra
habilidad y la comprensión de sus mecánicas al instante, principalmente porque
los propios tiros que propinamos a los enemigos son la moneda que podemos usar
para mejorar nuestras armas. Y ese es otro punto que hace que sea un shooter
tan fácil de jugar y disfrutar: su arsenal. No hay nada más aburrido que un
juego de tiros con un armamento sin gracia, pero Bulletstorm cumple en ese
sentido: el rifle de asalto, por ejemplo, tiene su racha de disparos normal,
pero también un modo secundario que suelta una carga que acaba con cualquier
objetivo a su alcance; el lanzacadenas lanza dos granadas unidas por una cadena
de acero que se enzarzan en el objetivo, y que podemos detonar en el momento
que elijamos. Y a pesar de que a lo largo de sus siete actos tan solo podemos
cargar con tres armas al mismo tiempo (algo que le quita un poco la gracia a la
destrucción sin sentido, pero que entiendo que está para añadir un pequeño
componente estratégico) todo eso sirve para desencadenar una orgía de tiros,
sangre, empotramientos, más tiros y reacciones en cadena que, en ocasiones, ni
tan siquiera sabemos cómo hemos llegado a iniciar.
Más allá de eso, y por muy bienvenido
que sea el retorno de Bulletstorm, los añadidos para incentivar la compra de
esta remasterización son más bien escasos: hay un nuevo modo New Game Plus
mediante el cual podemos volver a empezar una partida con todo el arsenal
utilizado en la primera, y vuelve el modo Anarquía en el multijugador, el
cooperativo online para cuatro jugadores (o para jugar en solitario, algo triste
pero inevitable para los que flojeamos en el aspecto social) en el que debemos
eliminar oleadas de enemigos y aprovechar el entorno para desencadenar nuevas
muertes. También se añade el DukeNukem's Tour, un modo que sustituye al
protagonista por el denostado DukeNukem (que cuenta con sus propias líneas de
diálogo, algo especialmente divertido porque en el juego todo el mundo sigue
refiriéndose a él como GraysonHunt; seguramente no soy el único que cree que el
Duke habría tenido un mejor reinicio si hubiera protagonizado un juego como
este) y que no he podido probar porque tan solo se desbloqueaba como incentivo
por reserva y, bueno, no nos han dado código para ello. Nada grave, por otro
lado: es un añadido totalmente prescindible.
Teniendo todo esto en cuenta, esta
remasterización no tiene demasiado sentido como producto que pretende mejorar
al original, porque ni Bulletstorm necesitaba mejorar ni hay nada aquí, más
allá del evidente subidón gráfico y el añadido del DLC, que deje entrever que
esta edición acierta en más puntos de lo que lo hacía la de 2011; se jugaba
bien como estaba, y se juega igual de bien ahora, porque independientemente de
las carencias mencionadas lo que más destaca es la calidad del propio juego. Sí
que sirve, en cambio, para acercar uno de los shooters más divertidos e
infravalorados de los últimos años a un nuevo público ávido de resoluciones 4K
y frame-rate imperturbable, y eso nunca puede ser malo, a pesar de que hacerse
con el de Xbox 360 sería una opción más recomendable para los que no lo
pudieron jugar si se hubiera incluido en la lista de retrocompatibles. Por lo
demás, nos queda una improbable pero inevitable esperanza: que la
remasterización venda lo bastante bien como para asegurarnos una secuela con
todas las de la ley. Una en la que podamos disparar en la cara al Duke, a poder
ser.
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